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Обережно, двері зачиняються. наступна станція(…)

April 19, 2010

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Señor de la Nieve Invernal

December 21, 2009

Atravieso la pesada puerta de la casa exhausto. Sabía que el clima que me iba a encontrar aquí iba a ser duro, pero la verdad es que tampoco me esperaba esto. Me duele la cabeza. Mi cuerpo está cansado. Me siento sin energía. Mis brazos. Mis piernas. Es como si no pudieran mantenerme de pie un minuto más. Necesito conseguir que mi cuerpo recupere calor de inmediato. Preparo un té. Al contrario de lo que hago siempre, no me espero en absoluto a que se temple ni un poquito: lo engullo casi con ansia, a pesar de ser agua recién hervida. Estoy desesperado por conseguir que mi cuerpo vuelva a entrar en calor.

El General ya está aquí. La época de Invierno empieza oficialmente a partir del próximo día 23 de diciembre, pero ya unos días antes él se ha dado por invitado. La nieve cubre los coches, los caminos, y las carreteras y calles desaparecen bajo la nieve, haciendo que los coches en algunas ocasiones tengan que intuir el camino más que seguirlo. Las reglas humanas desaparecen. Las de la naturaleza gobiernan. Y es Invierno quien las dicta.

He pasado toda la noche fuera, en un cyber que descubrimos Raimond y yo ayer por la noche. He vuelto a las siete de la mañana a casa. Y debo de decir que el camino a casa ha sido una de las experiencias más duras que he vivido hasta ahora aquí, en Kiev. Tal es que por mi mente pasa la canción “Lord of the Winter Snow”, de Luca Turilli, una oda al Invierno. Una canción al Señor de la Nieve Invernal.

Tras varias horas de conexión a Internet salgo del cyber. Justo antes de salir a la calle me doy cuenta de que tengo un problema: este sitio no es tan caliente como debería de ser.

Llevamos ya unos cuantos días a -15° o incluso -20°.
“Ven para acá”– me dice Raimond. En ese momento no eran ni las dos de la mañana. Él está a punto de irse a casa.
Está viendo el tiempo para los próximos días. Hoy será la temperatura mínima. -23°.

Con un clima tan extremo el calor del cuerpo se esfuma rápidamente. En cuanto pasas diez minutos fuera necesitas encontrar un sitio bien climatizado donde recuperar calor corporal para volver a salir. Como siempre, esto no es una ciencia exacta: uno puede ir muy bien preparado en cuanto a equipo se refiere, y mantener por más tiempo el calor corporal gracias a ello. Pero aún así no hay que olvidarse de gestionar bien la temperatura del cuerpo. Es un factor clave.

El cyber en realidad no está tan bien climatizado como yo pensaba. Está bien para una o dos horas. Pero no para toda una noche aquí. Según han ido pasando las horas me he ido poniendo más ropa encima. No me daba cuenta, pero este lugar no me estaba aportando calor. Me lo estaba quitando.

Son casi las séis. El horario del metro empieza ahora. Salgo a la calle. El impacto inicial no es tan fuerte. Nunca lo es. El problema viene después. Comienzo a caminar en dirección al metro. En cuanto pasan 5 minutos empiezo a padecer las consecuencias. He salido a la calle con menos reservas de calor en el cuerpo de las que debería y ahora lo estoy pagando.

Alcanzo la parada de metro deseoso de encontrar en ella un lugar donde cobijarme del frío y recuperar calor. Me equivoco de entrada y entro por la salida. Me cuesta medio minuto más llegar a la entrada. Un medio minuto que se me hace muy largo.

Estaba equivocado. La parada no es un refugio. Es menos fría que lo que hay ahí fuera, sí, pero no me ayudará a recuperar calor. Ni mucho menos. De hecho, lo sigo perdiendo, pero a menor ritmo. Varios kievitas esperan su metro desde el interior, mirando a través de los cristales de la estación. Sólo dos valientes se atreven a esperar en el andén. Es la primera vez que veo a los kievitas cuidarse así del frío.

El metro parece reirse de mi. Pasan dos trenes justo en sentido contrario. La frecuencia del metro en la madrugada del domingo no es la de un día laboral, desde luego. Y por lo que veo, tampoco es la misma hacia fuera de la ciudad que hacia el centro: no sé cuándo pasará el mío. No puedo seguir aquí. Necesito recuperar calor como sea. Y necesito hacerlo ahora mismo.

Arsenalna. Es conocida por ser la parada de metro más profunda del mundo. Tendré tiempo para hablar de ella.
Arsenalna es la primera parada subterránea del metro en dirección a Maidan Nezalezhnosti. Está situada en las entrañas de las colina sobre la que se asienta el centro de Kiev. Más de 100 metros de profundidad me aislan del frío. He llegado a ella cogiendo el siguiente convoy que llevaba hasta ella, en sentido contrario al que me lleva a casa. Pero era necesario. Aquí estoy recuperando calor corporal. Paseo por Arsenalna. He de tomarme mi tiempo. Doy limosna a un vejete.

Vuelvo al andén. Mi pulso se acelera. Estoy nervioso. Ni siquiera el interior de los trenes está mínimamente caliente, y cada vez que uno para en una estación exterior, como aquellas a las que me dirijo, una bocanada de ese gélido aire que drena el calor de tu cuerpo entra en el vagón. Los pocos pasajeros que a esas horas me acompañan en el interior respiran levantando baho helado desde sus labios y se agolpan encogidos de hombros intentando preservar todo lo posible un calor vital para sus cuerpos.

Llego a la parada objetivo. Es desde aquí que tengo que iniciar mi camino a casa. El camino es corto. Pero creo que nunca se me había hecho tan largo. Mi paso es rápido. Todo el que me permiten la alta caña de mis botas y la resbaladiza nieve por la que camino. Necesito llegar a casa. Necesito llegar a casa ya.

Nunca me había alegrado tanto de entrar en este oscuro portal. Ni tampoco pensé que unos pocos escalones pudieran resultar tan pesados de subir, sólo por ser lo único que se interpone en mi camino hacia el tan preciado calor. Pero finalmente lo he conseguido. Entro en mi habitación. Pongo el radiador. Estoy en casa. La pesadilla polar ha terminado. Y la lección está aprendida.

El Rival más Débil en Kiev

December 11, 2009

Pierdo el metro. Esto es increíble. Esto está sobresaturado. Decido hacer la U: coger el metro e ir en sentido contrario para llegar a la primera estación de todas, donde se supone estará vacío y podré cogerlo.

Aquí llego. La parada de Lisova. La primera (o última, según se mire) parada de la línea roja en el metro de Kiev.

En la vida había visto una cosa igual.
Esta mañana, aún no sé por qué, hay hostias por entrar en el metro que lleva al centro y por ende, a trabajar.

Esto es la Ley de la Selva, la Ley del más Fuerte, para poder entrar o salir del convoy. No hay sitio para El Rival más Débil.

Una imagen vale más que mil palabras. Una secuencia de vídeo, la verdad es que no sé cuántas palabras valdrá:

Pese a estar a escasos dos metros no consigo alcanzar la puerta. Hablamos de la primera parada, cuando el tren viene vacío. Lo más que consigo es avanzar hacia el sitio donde estará la puerta del siguiente tren. Consigo acceder al siguiente. Avanzo para no quedarme en la misma puerta. Con eso gano no sentirme como una sardina en una lata, pero también tiene un precio: me arriesgo a que, llegada mi parada, luego no pueda bajar.

En varias paradas se repite la misma escena. He aquí una de ellas:

Los aspavientos de la gente cuando nuevos pasajeros entran al tren irrumpen en el vagón mientras la multitud se agolpa (¡aún más!) dentro del recinto. A pesar de estar bastante lejos de la puerta yo tampoco siento ninguna holgura a mi alrededor.

Llego a mi parada. Tengo un problema. ¿Cómo salgo de aquí? Utilizo la herramienta más inteligente en este caso: la fuerza bruta. De lo primero que aprende uno en el metro de Kiev: todo lo que has aprendido desde pequeño, eso de la urbanidad, los buenos modales, etc… olvídalo. A la gente no le pesa quedarse en la misma puerta aunque esté sonando el aviso de que la puerta se cierra. Si detrás hay alguien que quiere entrar, tiene que empujar. De lo contrario esa persona se queda fuera del vagón y aquí no ha pasado nada. El acceso al metro de Kiev suele ser algo así como la melé en un partido de rugby. Ahora lo es para la salida.

Consigo salir. Desde luego que no resulta fácil. Pero consigo salir. La verdad, después de lo que he visto esta mañana, me siento afortunado. Aún no sé cómo lo he conseguido.

BEEE, BEEE

December 11, 2009

16 – 11 – 09
Nunca me ha gustado ir con la multitud a ningún sitio.

Kenneth Galbraith decía que “En economía la mayoría siempre se equivoca”. Tenía razón. En la Bolsa es inevitable que la gente compre caro (porque las acciones están ahora muy buenas, no paran de subir) y venda barato (porque las acciones no paran de bajar, meter dinero en Bolsa ahora es perderlo directamente). No conozco a nadie que se haya hecho rico negociando así. Y esto es sólo un ejemplo.

Una de mis más vívidas experiencias es la referente a los juegos de rol. Cuántas veces he tenido que oír sandeces del tipo de si he matado a alguien alguna vez, si pertenezco a una secta o cosas por el estilo solo porque me gustaba jugar al Señor de los Anillos y otros juegos del ramo durante la adolescencia. Esta era una de esas aficiones que en aquella época era bastante desconocida para el común de la gente. Era muy fácil coger a un par de criminales que habían matado a un hombre en una parada de autobús y atribuir este hecho a los juegos de rol para vender periódicos, obviando, por ejemplo el grado de trastorno mental de esto sujetos, algo que desde mi punto de vista es como decir que todos los aficionados al fútbol son Ultras, de esos que pegan palizas a los aficionados de otros equipos. Sólo que el fútbol es algo conocido y aceptado socialmente, no un blanco tan fácil para este tipo de demagogia. Hablo, por cierto, de los mismos medios que cuando ha salido la película de El Señor de los Anillos, inspirada en ese mismo mundo, les ha parecido muy bien el tema y la han publicitado por tierra, mar y aire. He ahí un ejemplo de lo creíbles que son los medios de comunicación, y por qué el “si el río suena, agua lleva” no siempre es verdad. La mayoría no tiene por qué tener razón.

El caso es que a veces -aunque sólo sea a veces- vale la pena ser un poco convencional. Ir por tu cuenta te hace ser, como ya he dicho, un blanco fácil a la hora de recibir palos, para cuando se busca culpable para un problema sin dueño y todo ese tipo de cosas que a nadie le gusta hacer. Y también, aunque sólo sea muy de vez en cuando, en el colectivo puede haber cierta sabiduría.

Esta mañana es la primera vez que tengo que buscarme la vida sólo en Kiev. Debo de ir a UNDP para reunirme con el Responsable de Seguridad de la zona.

Camino hacia el sitio donde más o menos recuerdo que estaba la parada de metro. Entre los numerosos puestos del mercado callejero cerca del cual vivo encontraré la boca que lleva hacia el metro, y de allí a UNDP. O eso creo.

¿Dónde está el metro? No lo encuentro. Pensé que sería más fácil. ¿Dónde está esa gran M color verde? Busco entre los puestos. Miro en los sitios donde creo recordar que podría estar. No lo veo. No doy con él. El tiempo pasa. Voy a llegar tarde. Y es mi primer día. ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?

La multitud. Todo el mundo camina hacia un mismo sitio. Es como un imperativo para todos ellos. Recuerda incluso a una de esas distopías tipo 1984 en las que el mundo está dominado por totalitarismos y el ser humano es controlado de manera milimétrica por un superestado que dictamina hasta la más pequeña de las acciones del ser humano. El individuo desaparece. En 1984 el individuo apenas existe. Sólo su protagonista: Winston Smith parece ser el único Hombre Humano posible.

Me convierto a la religión del Borrego. Agacho la cabeza y sigo a la multitud. Son las 08:30 de la mañana. No creo que vayan todos juntos a ningún sitio que no se llame “trabajo”. Si así fuera Ucrania adelantaría en tasa de paro a España por la derecha, cosa que no pasa, al menos según los datos que he visto. Y para ir al trabajo necesitarán desplazarse. Y para desplazarse, ¿cuál es el único medio/lugar/estación/lo-que-sea que pueda albergar y ser de interés para tamaña multitud?

Bingo. La mentalidad de enjambre de la que he huido toda la vida me ha llevado a buen puerto. Esta es la primera, pero no la última vez que esto me pasará. La marea humana se dirige hacia la entrada del metro, portándome con ella como una gota más del río que desemboca en el andén que espera el próximo convoy.

Tom y Jerry. Charlot. Propaganda surrealista.

November 28, 2009

Prueba de creatividad, querido lector:
¿dónde se pueden encontrar las tres cosas?

Respuesta: en el metro de Kiev.
Tres pantallas LCD Samsung de 15″ aproximadamente por vagón esperan a miles de kievitas todas las mañanas cuando van al trabajo. La programación que se puede ver en ellas tiene un sabor puramente soviético: es siempre igual.

Este sketch de Tom y Jerry estoy hasta las narices de verlo, y eso que sólo llevo mes y medio aquí. Suficiente, por otro lado, para que empiece ya a sabérmelo de memoria.

Entre mi sketch favorito (a la fuerza está empezando a serlo) de estas dos estrellas y los anuncios de diferentes productos en las pantallas Samsung por supuesto aparece Charlot por unos momentos; son sólo unos segundos en que lo sacan a modo de mascota para señalar el final del sketch y el principio de los anuncios que, y en eso me siento como en España, duran más que el sketch en sí mismo.

Otra cosa que puede observarse en el metro de Kiev es la publicidad de todo tipo de cosas. En algunos casos la publicidad puede llegar a ser surrealista.

Yo, por ejemplo, estoy pensando en dejar de comer una semana entera para comprarme una motosierra. Bueno, la otra opción es que mi familia, si lee esto, me la traiga para Reyes. Al fin y al cabo, ¿quién no tiene una motosierra en casa?

Un aullido en la entrañas de Kiev

November 26, 2009

Tal vez no se perciba en el vídeo, pero el ruido de los dos viejos vagones abriéndose y cerrándose a la vez es suficiente para eclipsar una conversación entre dos personas. Cuando lo oyes por una vez lo puedes aguantar, pero cuando llevas 30 minutos oyéndolo sientes que estás a punto de volverte loco.

El día en que llegué Giovanni había quedado con los que ahora son mis compañeros de piso. No sé de quién fue la genial idea de quedar en el mismo andén de la estación. Como además aquí los metros tienen una frecuencia de paso que no supera los tres minutos, y de hecho puede llegar a ser menos de dos minutos durante la hora punta, puede llegar a ser una auténtica tortura quedar con alguien en un andén, sobre todo si la persona en cuestión se retrasa. Quedar en el metro es, por tanto, una buena forma de arreglar ciertos asuntos, por ejemplo si la persona con la que estás quedando te debe dinero desde hace tiempo.

Otra cosa que salta a la vista en el metro cuando entras por primera vez en él es lo limpio que está todo.

– ¿Cuestión de civismo, Giovanni? Veo que está todo impoluto, a pesar de no haber ni una papelera a la vista
– No. Eso se debe a que cada media hora hacen pasar a una señora con una escoba y un recogedor para dejarlo todo cuco y pulido

Giovanni tenía razón. En según qué zonas de la ciudad, Kiev es un sumidero de basuras. También pasa en parques o en los montes. Pero con el metro, algo de lo que los kievitas parecen sentirse muy orgullosos, la ciudad tiene un trato especial.

Como para tantas otras cosas, Kiev, como buena gran ciudad, se preocupa más por aparentar que por realizar. Se percibe en el hecho de que la estación está totalmente limpia. Eso no lo puede negar nadie. Pero la maquinaria del metro es comparable a una cafetera con doscientos pasajeros en el interior. En 50 años de antigüedad es como si el día fuera el empeño que muestra quienquiera que se ocupe del metro por conservarlo siempre limpio y en buen estado y la noche fuera el poco dinero que se han gastado en renovar las instalaciones, especialmente en lo referente a los trenes.

Sin embargo, la estructura del metro, el inmenso animal que alberga Kiev en sus entrañas, es digno de mención. Quizá por todas las razones para amar una infraestructura así, además pública (aunque hay también unas cuantas razones para odiarla), o quizá porque me gustan las ciudades con grandes metros, este será el primero, pero no el último post que lance para hablar del metro de Kiev.