Un concesionario algo peculiar

A pesar de lo que pueda parecer, la siguiente historia guarda una relación estrecha con el mundo tecnológico, y por ende con su aplicación al sector turístico.

Es fin de semana. Me escapo a mi pueblo, donde aprovecho el sábado por la tarde para ir a un concesionario a comprar un coche nuevo. Resulta que sólo hay uno en el pueblo, adonde he de dirigirme necesariamente si quiero un nuevo vehículo.

Tras cruzar la puerta acristalada un hombre de treinta y pocos con traje y pelo engominado me recibe con una corporativa sonrisa, al tiempo que me invita a conocer los modelos a la venta en la tienda. Uno de ellos capta mi atención…


… pero resulta ser todo lo contrario del que aparece en el vídeo de arriba. Veamos lo siguiente que ocurre:
– Parece interesante. Soy aficionado a la mecánica; ¿puedo ver el motor?

El dependiente tuerce el gesto y responde
– Señor, eso es imposible
– ¿Cómo que imposible?
– Usted no puede ver el interior del coche. Si adquiere este vehículo sepa que no tiene permiso para hacer eso, pues es propiedad industrial de la compañía. De hecho, hemos implementado un sistema que hace que el capó esté cerrado a menos que se abra electrónicamente en uno de nuestros talleres

Un jarro de agua helada cae sobre mi cabeza.

– Pero oiga, es que esto no lo entiendo

– Lo que oye. El motor es nuestro, usted no tiene por qué verlo.

– Pero vamos a ver, si el coche tiene algún problema, puede que necesite echarle un vistazo a ver qué le pasa. Es que dentro voy yo, y tal vez varios amigos míos más, si esto puede ser peligroso para nosotros…

– Usted verá lo que hace. Si adquiere el vehículo sepa que firmará un contrato que dice que no puede husmear en sus tripas. Hace unos años a uno de estos vehículos le fallaban los frenos, un usuario puenteó el sistema para abrir el capó y ver qué pasaba y cuando lo descubrimos le denunciamos

Me quedo mirando al vendedor. Pestañeo. No puedo creer lo que estoy oyendo. A él tampoco parece que le guste que haga tantas preguntas: como se observa en su lenguaje, parece crisparle algo la situación. Tiene gracia.

– Otra cosa más – continúa – en el contrato que usted firme pondrá el nombre de cinco personas, incluyéndole a usted. Nadie más puede subir al coche.

– Pero oiga, ¿cómo que no? ¿Y si viene alguna visita qué? ¿Y si un día el coche ya no me hace falta y lo quiero vender? Y lo de que el capó está cerrado: ¿tampoco lo puedo llevar a que lo repare el mecánico que hay dos calles más abajo?

– Caballero, es que creo que usted no entiende: el coche NO ES SUYO, sigue siendo de la compañía; usted sólo adquiere una licencia de uso, y no tiene derecho a pasear en él a quien le dé la gana y mucho menos a venderlo como si esto fuera el mercado del miércoles. Por favor, seamos serios. Y naturalmente olvídese de lo del mecánico: sólo nosotros podemos reparar el vehículo. Si es que podemos.

– ¿Cómo que “si es que podemos”?

– Hombre, supongo que sabrá usted que las casas continuamente sacamos nuevos modelos, y orientamos nuestra actividad hacia lo que nos resulta más rentable. Si decidimos dejar de dar soporte mecánico a un modelo y usted se ha comprado un ejemplar del mismo sepa que ya no va a tener ninguna asistencia; se tendría que comprar un coche nuevo

Me ladeo. Miro por detrás de uno de los mostradores. Esto ya me suena a broma de cámara oculta.

– Bueno, ¿y qué responsabilidad asumen ustedes en caso de que, siendo así las cosas, yo tenga un accidente?

El hombre suaviza el gesto.
– Claro, de eso comprendo que quiera usted hablar – me dice en tono condescendiente -. Ninguna, por supuesto. Pero si tiene usted un buen seguro de vida, la póliza le cubriría muerte e invalidez, así que no tiene por qué preocuparse si se mata usted al volante en uno de nuestros bólidos. Indemnizarían a su familia y aquí no ha pasado nada.

Miro a este hombre. Miro el coche. Un cartel al frente del mismo muestra sus datos: marca, modelo… y precio. Astronómico. Esto es increíble. No lo puedo creer.

– Bueno, esto debería de ser fiable, al menos, ¿no?

– Pues no sé qué decirle. Había bastante prisa por lanzar este modelo el año pasado, así que muchas de las cosas que se tenían que probar no se probaron o se hizo demasiado aprisa. Cuestión de marketing y fechas, ya sabe. Que tenga suerte si se lo compra.

– Creo que buscaré otro concesionario.

– Que le vaya bien. Somos el único en el pueblo.

Llegado a este punto alguien se podría preguntar cuál es la relación con la tecnología y su aplicación al turismo. Respondo con esa misma pregunta: ¿cuál? ¿Cuál podría ser el símil? Doy una pista, que casi es la solución en sí misma, por si aún no te imaginas, querido lector, de qué estoy hablando: tiene que ver con las licencias del software.

La respuesta a la pregunta vendrá a principios de la semana que viene, en un post que será la continuación de éste. Entre tanto, otra pregunta interesante para ti, lector, podría ser: ¿montarías en un coche así?

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2 Responses to “Un concesionario algo peculiar”

  1. pablo Says:

    no

  2. ¡Capitán, nos vamos a pique! …a pesar del dineral que costaba la licencia « El Hombre Humano Says:

    […] última entrega de esta saga, que comenzó con la anécdota del concesionario para continuar con una reflexión sobre la sostenibilidad del software, tiene que ver más con la […]

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