Genocidio por hambruna y otras formas de política agraria

Según cuentan Jordi Palafox y compañía en uno de los libros de la carrera de Economía en la Universidad de Valencia, más o menos esto fue lo que sucedió a partir de 1917.

Para octubre de aquel año la ira, cabreo y mala leche contra el régimen zarista estaban muy pero que muy extendidos entre la gente de clase trabajadora en Rusia. El partido bolchevique montó una revuelta más para reivindicar una serie de derechos que para desplazar a los zares del poder. Para cuando se dieron cuenta, sin comerlo ni beberlo, se vieron que se habían tumbado el régimen y tenían en sus manos el gobierno de Rusia, siendo además que los inversores internacionales que tenían dinero metido en el país llevaban a cabo la gran espantada y retiraban hasta el último céntimo.

– Oye, que no, que era broma – dijeron los bolcheviques. Pero no. Era tarde. La inversión extranjera se había esfumado, Rusia había perdido hasta la camiseta y el poder se había quedado en manos de un colectivo de gente que tenía más miedo que siete viejas porque ni esperaban un resultado así ni estaban preparados para ello.

Siendo como es la política agraria un aspecto capital de cómo se maneja la economía de un país, por lo menos de un país que tenía tanto que desarrollar como Rusia, los bolcheviques se pusieron manos a la obra con el tema. Resultaba que se había pasado mucha hambre anteriormente, y los camaradas decidieron que a partir de ese momento todo el mercado de productos agrícolas se vería intervenido, pasando la producción agrícola a formar parte de la propiedad del Estado.

Como los campesinos eran agricultores, pero no idiotas, cada vez que veían aparecer las patrullas de emisarios estatales a ver lo que cada uno tenía o no, escondían la cosecha que tuvieran encima. El resultado era de esperar: una caída de un 70% de la producción agrícola en apenas un año. Lo cual también da que pensar que probablemente lo que más apareció en esos momentos fue el mercado negro: agricultores que tenían cosecha, pero no lo hacían público para que el Estado no se la quedara; como normalmente la gente si no come se muere, los bienes agrícolas son un bien de primera necesidad, o sea, de los que uno no puede prescindir; cuando la gente del pueblo iba al kulak en cuestión, que tenía cosecha escondidita, y le pedía esa cosecha, el hombre la vendía, pero encima la vendía más cara, bien porque se arriesgaba a que le pillaran los agentes estatales, bien porque estando así las cosas los compradores tendrían difícil encontrar otros vendedores, etc.

De otro lado, el Estado iba recaudando de esta manera productos agrícolas, los cuales almacenaba en angares por un tiempo lo suficientemente prudencial como para que buena parte de la mercancía se pudriera.

Lo cierto es que todo esto me recuerda, aunque a gran escala, a la época de la Post-guerra en España, cuando la intervención del mercado a través de diferentes mecanismos, como el control de precios, según el cual ni el comprador ni el vendedor podían comprar o vender al precio que les diera la gana, sino al que les decía el Estado, el Servicio Nacional de Trigo y demás hicieron que en España hubiera por diez años una cantidad de mercado negro y una escasez de alimentos que trajeron como resultado el racionamiento, si bien el caso español no dejó varios millones de muertes a causa de la inanición. En ninguno de los dos casos el exceso de intervención estatal pareció mejorar la situación de los que peor lo pasaban, precisamente.

Tras llegar Stalin al poder llegó el momento de las colectivizaciones. El resultado final tuvo un efecto positivo en cuanto a que al aúnar varios pequeños campos en un sólo gran campo se podía aplicar mejor tecnología para cultivo a gran escala -nótese que los pequeños campesinos no tenían dinero para comprar, por ejemplo un tractor, el cual además probablemente no salía rentable para una pequeña parcela-. La idea era mejorar la productividad.

El problema es cómo se practicó. Expropiar por la fuerza las tierras a sus poseedores no gustó nada a los agricultores, y muchos prefirieron matar a los animales de la granja y quemar los campos antes que regalárselos al Estado. Por muy acertada que pueda ser una idea, la historia nos enseña que si no tiene una aceptación por parte del público la iniciativa está abocada al fracaso.

En una palabra, durante toda esta época nos podemos imaginar que la política agraria seguida por la temprana URSS no ayudó demasiado a que la gente dejara de morirse de hambre, sino más bien lo contrario.

He aquí el álbum de fotos del monasterio en recuerdo de esa época de hambruna.

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