Fracasando. Aprendiendo a vivir.

“¿Para qué nos caemos, amo Wayne? Para aprender a levantarnos”
Alfred, el fiel mayordomo de Bruce Wayne le consuela así en esta secuencia de “Batman Begins”. Buena falta le hace. Si ya hay padres que le pegan la bronca a sus hijos por abollarles el coche el fin de semana los de este deben de estar removiéndose en sus tumbas al ver que gracias a su hijo la multimillonaria mansión que construyeron tiempo atrás está más chamuscada que un ninot valenciano la noche de San José.

Kenneth Morse es uno de esos genios que de vez en cuando regala al mundo el MIT. Le conocí leyendo un artículo sobre él en la Gaceta Universitaria, hace muchísimo tiempo, en el año 1 A.E. (año 1 Antes del Euro), creo recordar.

Lo que el hombre contaba viene a ser más o menos lo que cuenta en esta presentación suya, en la página 11. El juego de la vida no se basa en ganadores y perdedores, sino en ganadores y gente que aprende.

Es cosa habitual que, sobre todo en España, el fracaso se considere poco menos que como una vergüenza a tapar por parte de las personas. Es un estigma. Algo de lo que mejor no hablar.

Se piensa en el fracaso como una experiencia desagradable en la que se perdió mucho tiempo, mucho dinero o una gran cantidad de cualquier otra de esas cosas de las que uno nunca tiene bastante. Pero la gente no piensa en lo bueno de esa vivencia, en las lecciones de vida que deja. Es difícil aprender algo cuando a uno le va todo bien. “Si me funciona esto, ¿para qué tengo que cambiar?” se pregunta uno. Bueno, no, cuando a uno le van bien las cosas no se pregunta nada, de hecho. Pero cuando las cosas no marchan es cuando uno empieza a plantearse qué podría haberse hecho mejor.

Cierto amigo mío fundó hace unos años una pequeña compañía. Al contrario que ciertas empresas que duran muchos años, durante los cuales no paran de generar quebraderos de cabeza, la de mi amigo duró dos telediarios, pero afortunadamente no paró de generar… pérdidas.

Mucha gente habría pensado que lo de tener un negocio no es lo suyo, pero esta persona persistió. Al año siguiente (sólo cosa de un año) montó otra compañía. Y esta segunda resultó ser pequeñita, pero matona. Este compañero tiene en su pequeña empresa algo de lo que puede estar muy contento, orgulloso diríase, y a buen seguro yo diría que no lo tendría de no ser por esa curva de aprendizaje que le costó su primera experiencia.

Él supo ver que lo importante no era lo que había perdido con la primera experiencia, sino lo que había aprendido.

Quien no arriesga no gana. Quien no fracasa no aprende.

¿Sigues teniendo miedo a jugar?

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