Taxistas y cremas: servicio de trueque

No os lo váis a creer. Si la ONCE un día reedita este inteligentísimo anuncio, estoy convencido de que para el de la guitarra cogerán al taxista que me trajo a casa ayer por la noche.

El frío en Kiev tiene unos cuantos inconvenientes. Uno de ellos es lo agresivo que resulta este medio para ciertas partes del cuerpo. Hablo de las manos y los labios, por supuesto.

En concreto mis manos se estaban plagando de heridas, lo cual era sumamente molesto.

Paso por un Velyka Keshenia, uno de los supermercados de Kiev. Y además es de los importantes. 24 horas, este establecimiento vale pa’ un roto como pa’ un descosido. Tiene de todo.

Allí compro varios botes de crema Dove, asegurándome pues de que no se me acabará la crema y las manos se me volverán a poner como las de un zombie. Menos mal que llevo dinero como para dos días o tres.

Tras terminar de trabajar voy a la fiesta de cumpleaños de un amiguete. Varias cervezas y vinillos después llega el momento de pagar. Cuando oigo el precio se me queda una cara de tonto que es para una foto.

400 hryvnias. Miro inmediatamente el fondo del vaso para asegurarme de que la cerveza no contenía pepitas de oro, a ver si es que me he tragado alguna. Acto seguido pago mi consumición. Qué caro sale comerse una trucha y unas patatas fritas cuando uno está de cena de grupo.

Fuera del restaurante voy a buscar un taxi. Empiezo a negociar precios. Cuatro taxistas después encuentro uno que se da cuenta de que soy español, pero no imbécil, y en vez de pedirme 80 o 100 y pico hryvnias, acordamos un precio razonable: me lleva a casa por 55 hrynias.

El trayecto transcurre muy deprisa y, para variar, consigo no dormirme al lado del conductor. Voy a pagar.

Un billete de 20; otro; un billete de 2 hryvnias; uno de una hryvnia… Houston, tenemos un problema. La cena me ha dejado como la patena de limpio, así que no tengo más que 43 hryvnias. Y ahora, ¿qué hago?

Da igual. “Lléveme al cajero, por favor”. El taxista avanza unos cuantos metros con el coche, hasta ponerme frente al maná de pasta que me solventará la papeleta. Basta sacar la tarjeta y… oh. Vaya. Me he dejado la tarjeta en casa.

El hombre espera mientras me mira con cara de 5 euros, cuando yo no tengo cambio. De hecho, la expresión es de lo más apropiada para el momento. Qué incómodo. ¿Qué hago? ¿Qué le doy a este tío? ¿Tendré algo de valor encima? Algo desesperado, siento que necesito encontrar alguna idea para salir de este jardín, lo que sea, y meto la mano en uno de los bolsillos de la chaqueta.

“Isvinitie, isvinitie balshoe” – me disculpo en mi ruso macarrónico mientras salgo del taxi. Dos de los botes de crema Dove para las manos me han servido para pagar el resto del dinero que le tenía que haber dado. De hecho, al precio que están, hasta ha salido ganando. Eso sí, la cara que se le ha quedado al tío sí que era para verla.

El cuerpo del delito

Quién me iba a decir a mi que acabaría usando la crema de manos como bien de intercambio. Como se entere el Banco Nacional de Ucrania

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2 Responses to “Taxistas y cremas: servicio de trueque”

  1. Carlos Says:

    Toma decrecimiento!

  2. javier Says:

    Sin duda me gusta más este otro, uno de mis favoritos de to la vida: http://www.youtube.com/watch?v=u7zlkXPxLs4

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