Con suavidad

– No hay problema – me dice uno de los compañeros mientras apuñala la lata.

Dios mío. Está abriendo la lata de guisantes con el cuchillo. Normal que en esta casa no quede un cuchillo sano. Luego eso me supondría tener que dar más vueltas que un tonto por Kiev para encontrar algo que cortara.

En Ucrania, a pesar de tener mucha maña para ciertas cosas, como la apertura de las botellas de cerveza y demás, para lo cual se las ingenian con un simple mechero, para otras emplean la fuerza bruta. De hecho, se asienta cada vez en mi cabeza la idea de que cuando no sepa cómo funciona una cosa lo que tengo que hacer es fuerza.

Eso mismo me pasó cuando una compañera tenía en las manos un abridor que yo no había conseguido usar con éxito. Pensaba que había algo que estaba haciendo mal, que tendría que hacerlo de alguna manera en especial. Cuando ella me lo explicó, el secreto estaba en que no lo sujetaba de una manera “suficientemente firme”.

Pero lo que de verdad me mató fue cuando al día siguiente de que este compañero destripara la lata a golpe de cuchillo le preguntara a una compañera cómo hacerlo y me dijera “Usa un cuchillo; es lo que yo uso. Los chicos no deberíais tener ningún problema_“. Pues eso.

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