Los spammers nos toman por idiotas

Recientemente es poco menos que una invasión. Siempre habían spameado sin descanso pero, o al menos esa es mi percepción, recientemente es una cosa exagerada.

La misma señorita desconocida me ha agregado a messenger con tres cuentas diferentes. Al principio acepto, preguntándome quién diablos es este nuevo contacto con nombre de mujer que me ha agregado a su messenger. A renglón seguido me la encuentro en línea, con una foto de una muchachita de veintipocos en postura sugerente. Sin comentarios. Bloqueo ese contacto. Y lo elimino.

Otro de los recursos que veo que están utilizando ahora mismo es el de ofrecer un trabajo maravilloso por email. Saben que, sobre todo en países como España, donde hay bofetadas por un trabajo, una oferta de esas también puede tener posibilidades de engañar a algún incauto.

El chantaje emocional también funciona bien. Quién no ha visto a estas alturas el mail de la niña que se muere y hay que reenviarlo todo lo posible para salvarla. El único problema es que esa niñita no existe.

Pero por Dios, hay límites a la ingenuidad de la gente. O eso espero, al menos. Sé que muchas veces el hombre es demasiado impulsivo y piensa antes con la cabeza que tiene debajo de la cintura que con la que tiene por encima de los hombros, pero aún así, los spammers parecen dispuestos a superarse en crear nuevos métodos para que hagamos click donde no tenemos que hacerlo de la manera más estúpida.

El otro día me agrega a messenger otro de esos desconocidos contactos. Se presenta como “soy una ex-pareja de uno de tus contactos de messenger; estoy furiosa con esta persona, así que he colgado en esta dirección varios vídeos comprometidos de él”. Y adjuntaba un enlace a un sitio web. Todo esto me lo dice esta “persona” -ni de broma- que había iniciado conversación conmigo -no yo con ella, ella conmigo-. Se suponía que me tenía que dar preocupación o al menos morbo. Pero no. Me dio risa.

Desde el principio me pareció que no estaba teniendo sesión con nadie. Que era todo una rutina automatizada. Por eso empecé a hacerle preguntas. Aguantó las primeras, que viendo el inicio que este contacto había hecho eran fáciles de suponer y, por tanto, también de preparar como respuesta programada. Pero a la cuarta pregunta el contacto no hacía más que responder siempre lo mismo.

Era un autómata. No un ser con inteligencia propia. Y los spammers se piensan que nosotros también.

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