Perdido

16 – 10 – 09
Es el segundo día en Kiev. Giovanni me ha ayudado a llevar todas mis cosas hasta mi nuevo apartamento, el cual compartiré con dos ucranianos. Me gustan estos dos tíos. Hay alguna costumbre suya que no me gusta demasiado, pero bueno, son detalles menores. Son gente maja y de fiar, y con lo que he aprendido en esta escuela pública que llamamos “vida” eso no es fácil de encontrar.

Cogemos todas las cosas entre los dos y nos adentramos en los intestinos de la urbe kievita. El metro viaja rápido. Se convertirá en mi fiel compañero durante el tiempo que dure la experiencia.

La parada objetivo. Dimitri y Serghei, que así se llaman mis dos nuevos amigos, salen a nuestro encuentro, echándonos una mano con el equipaje que llevamos desde la casa de Giovanni. Él está contento. Dice que normalmente encontrar alojamiento para el recién llegado lleva algo más de tiempo. Lo mío ha sido muy rápido.

Debo de admitir que el camino que tomaron no ayudaba mucho para aprender a moverme por el barrio. Ciudad desconocida, barrio desconocido, una oscuridad como la que existe en Ucrania… y un camino a través de edificios de 15 plantas tomado a base de senderos que se separan de las calles principales de la zona. Debería haberme dado cuenta de los problemas que eso podría acarrearme.

Me instalo como puedo en mi nueva morada. Duermo. Al día siguiente me dirijo hacia UNDP. He de reunirme con el Responsable de Seguridad de la Organización en el área. Algunas anécdotas que relataré en otros post concernientes, por ejemplo, al metro y el tumulto de Kiev, y el día ha terminado. Hora de volver a casa. Ahora comienza el problema.

Efectivamente, no me había quedado con el recorrido el día anterior. Y es ahora cuando me doy cuenta de otro problema más: todos los edificios son más o menos iguales. El laberinto perfecto para quien nada sabe de este lugar. Mientras, la oscuridad me envuelve y el aspecto de la zona se antoja amenazador para el recién llegado. La verdad, tengo miedo.

Llamo a Dimitri. No consigo hacerme con él. Llamo a Serghei. No lo coge. Estoy solo.

Deambulo por la zona, sin rumbo. No hablo el idioma, no conozco todo esto y llevo conmigo una cámara de fotos digital que bien podría valer un mes de salario para el común de los ucranianos. Me siento como una lombriz en un anzuelo. Como me tropiece con quien no debo soy carne de cañón, pienso.

En realidad, me habían dicho que ese era un vecindario bastante tranquilo. De hecho, todo el tiempo que he pasado viviendo en ese lugar he estado bastante seguro. Pero su aspecto no me invitaba a pensar lo mismo el primer día. Sería el tiempo quien me enseñaría que ese aspecto es un denominador común en todas las calles de Kiev, excepción hecha de algunas cercanas al centro.

No consigo encontrar mi casa. El tiempo pasa..Sudo. Hace frío, pero sudo. No sé que hacer. Sigo caminando hacia ningún sitio, en el deseo de encontrar una referencia, un lugar, una señal, cualquier cosa reconocible entre ese océano de gigantescos edificios, cada uno igual al de al lado.

No puedo más. ¿Qué voy a hacer? Estoy exhausto. Necesito descansar. Me paro en frente de un parque, junto a uno de tantos grandes edificios… ¡espera! Ese parque… ese parque.

Ese parque es el parque. Es mi parque. Es el parque que había justo enfrente del edificio en el que entramos para ir a casa ayer. Me giro hacia el portal. Saco la llave. La pongo en contacto con el lector electrónico de la puerta. Un sonido electrónico se convierte en música celestial mientras la cochambrosa puerta de hierro delante de mi se abre, siendo en ese momento para mi la puerta del cielo. Verdaderamente estoy en casa.

No quepo en mi de gozo. Nunca pensé que me alegraría tanto de entrar en un edificio con pinta de Casa Okupa como lo hago ahora. Tanto es así que llamo el ascensor, presiono el botón que lleva a mi piso y justo cuando el elevador abre sus puertas, llevándome hacia la puerta de mi casa, inicio un vídeo con mi cámara digital para celebrarlo mientras canto lo poco que sé de “Sche ne vmerla Ukraina”, el himno nacional de Ucrania.

Sólo para cuando unos segundos después siento una presencia a mi derecha. No estoy solo. Me sobresalto.

Dos vecinos fuman en el rellano de la escalera mientras me miran con cara de decir “y este imbécil, ¿qué hace?”. Creo que esto lo que se llama una situación embarazosa. Me quedo paralizado. Me siento ridículo. Apago la cámara. Me quedo sin palabras. Soy como un PC que tiene instalado el Windows Vista: me he quedado colgado. “Good night”, logro articular varios segundos después. Como si estos fueran a saber algo de inglés, claro. Pero la situación me ha resultado tan violenta que ni siquiera he acertado a decir “Dobrii viécher”.

Entro en casa. Por fin. Habré hecho imbécil ante mis nuevos vecinos, pero la verdad es que me importa poco. Estoy en casa. Y estoy vivo.

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