La multitud solitaria

Día X
Giovanni abre la puerta del edificio. Entro junto a él a un hall cuyas paredes y suelo no tienen pinta de haber sido restaurados la semana pasada precisamente. Una señora vestida de manera humilde con un pañuelo alrededor de la cabeza nos saluda, siendo correspondida por nuestra parte. El ascensor tampoco es que tenga un diseñor futurista, precisamente. Todo el mobiliario se ve viejo, a pesar de estar más o menos bien conservado.

Llegamos a su piso. El edificio tiene quince plantas. Y entrar en su apartamento evoca la sensación de entrar en un apartamento en Moscú: tras abandonar el ascensor cruzamos un viejo deslunado, topándonos con una puerta acolchada con tachelas. Inserta la llave, abriendo la puerta, lo que nos lleva a un pequeño compartimiento con unas pocas puertas. Con una última llave, abre la puerta que da a parar finalmente a su apartamento.

Hablo con Giovanni de ese sentimiento colectivista que existe en las naciones que conocieron la Unión Soviética. Como contraejemplo, pienso en la forma de vida de los países anglosajones, sobre todo Reino Unido, donde se prefieren las casas a estilo chalet, y la gente no gusta de la vida en bloques de viviendas, sobre todo en mastodónticas construcciones con una cantidad de vecinos que puede rozar la centena.

Pero él me dice que no. Que es un sentimiento fantasma. Impuesto. Una ilusión que engaña al extranjero recién llegado a esa tierra. Me cuenta que los ucranianos, en realidad, son bastante individualistas. “No esperes aquí una reunión de vecinos todas las semanas, ni una barbacoa todos juntos el domingo por la tarde”. Sí es verdad una cosa. La forma en que está compartimentado el edificio, ese poner puertas a cada paso que das, hace que me sienta aislado. Envuelto en una estructura del tamaño de una colmena, en la que yo solo soy una abeja, pero en la que unas abejas no pueden tratar con otras.

En la asignatura de Sociología veíamos un capítulo dedicado a la familia. Al principio lo vi una tontería de capítulo. Pero con el tiempo comprendí. La familia es la forma en que los individuos en una sociedad se unen. Como viven la vida juntos. Y cómo consumen. Y, por tanto, cómo hacen funcionar la economía. Y toda la sociedad en general. Lo interesante era observar esa forma de microsociología. Y, para mi, el siguiente paso para hacer el cuadro un poco más grande es observar la relación con tus vecinos.

A ninguna dictadura le interesa que la sociedad que dirige se una. Es preferible que los individuos lo sigan siendo. Lo abordaba George Orwell en su novela 1984. Y sin ir más lejos, no hay más que mirar la Historia reciente de España, cuando durante el franquismo las reuniones de más de cuatro personas estaban prohibidas.

Lo mismo pasaba con la Ucrania soviética. Bloques de viviendas gigantescos, el botón de muestra del Gigante Ruso, pero llenos de individuos. La comunidad de vecinos no existe. Estás sólo. Sólo con un montón de individuos más igual que tú que viven en casi 100 puertas más en ese mismo edificio. Todos solos. Una multitud solitaria.

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One Response to “La multitud solitaria”

  1. La etapa soviética. Unas décadas después « El Hombre Humano Says:

    […] permanecían vacíos. Esto también era algo que aislaba a sus habitantes. No era algo que ayudara mucho a que la gente se relacionara, tal como yo lo […]

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